Aprendiendo historia.
El nacional-sindicalismo, el ideario doctrinal falangista que Girón pretendía llevar a cabo en la sociedad española desde su puesto de Ministro de Trabajo era la implantación de un sistema de Justicia Social donde el obrero no fuese ese instrumento del capital como medio indispensable en la producción ni tuviese que hacer del empresario su ancestral y mortal enemigo a consecuencia del dogmatismo que el marxismo establecía en su irrenunciable lucha de clases. Y para ello, para conseguir alcanzar la plena libertad humana propugnada por los falangistas, el hombre debía ser dotado de la única palanca que le podía permitir alcanzarla: el dominio de la cultura. Reconstruir desde los mismos cimientos la sociedad y así, establecer una igualdad de oportunidades, sin exclusión alguna, que la garantice, incorporando a los hombres al trabajo, evadiéndolos de la esclavitud del peonaje irredento, protegiéndolos frente al infortunio de su futuro individual hasta llegar a la cultura por medio de aquel gran invento que fueron las Universidades Laborales. Porque nada es consistente si el hombre no goza de la plenitud humana que le da el saber y, sin partir de este principio, no se puede hablar de revoluciones. La revolución nacional-sindicalista trata de recuperar al hombre, sacarlo de su inseguridad o indigencia, para poder realizar su auténtico destino - salvarse o condenarse - dentro de los cauces de una estricta naturalidad. Y es de esta raíz teológica, de la base que Dios otorgó libre albedrío al ser humano, de donde nacieron las fuentes de la tradición en las que bebía la doctrina nacional-sindicalista. Y aún hoy, cuando las circunstancias del liberalismo capitalista y del socialismo no son las mismas contra las que arengó José Antonio y puso Girón su maquinaria en marcha, cuando hoy el patrón y la empresa han sido engullidos por las multinacionales y el socialismo domesticado en la parafernalia de la socialdemocracia, nuevamente el nacional-sindicalismo es la doctrina superadora que garantice una auténtica Justicia Social y una dignidad real en el obrero.
José Antonio Girón propugna una fórmula de democracia social, mediante el verticalismo sindical, sobre un sistema de representación orgánica que lograse para España la estabilidad sobre un imaginario trípode apoyado en la economía, el trabajo y la convivencia. Y no hubiera sido posible acometer esa tarea sin buscar el apoyo de otros dos ministerios tan cercanos a los obreros como lo eran el de Industria y el de Agricultura. Con Juan Antonio Suanzes, abordando la tardía revolución industrial que nos habían negado los gobiernos de la Restauración y el convulso final del siglo XIX, y con Rafael Cabestany en su afán de transformación del medio rural, agrícola y ganadero, la labor de Girón en defensa de los obreros alcanzaba cotas legislativas inimaginables y, hasta cierto punto, recordadas con añoranza hoy en día por quienes no anteponen sus odios viscerales a sus pensamientos racionales. La creación del Seguro de Enfermedad en 1942 fue el preámbulo del Decreto de creación de la Seguridad Social que firmó un año más tarde. La creación del Instituto de Medicina e Higiene y Seguridad del Trabajo de 1944 y el Plus de Cargas Familiares de 1946 garantizaban la salubridad en el trabajo y el apoyo a las familias; el establecimiento de las gratificaciones obligatorias de Navidad y Julio y la creación del Servicio de Montepíos y Mutualidades Laborales o el Subsidio de Invalidez fueron un paso hasta la creación de los jurados de empresa en 1947, superadores de la lucha de clases que aún propugnaba el marxismo en aquellos años. Y finalmente, como último peldaño en esa ficticia escalera hasta dotar al hombre de saber como única palanca para alcanzar la libertad, la creación de las Universidades laborales en 1950 suponen el punto álgido de una política social que finalizará en los albores de 1957. Partiendo desde el cero absoluto, desde una España quebrada y un mundo en guerra, Girón, con sus personales ideas políticas y sociales, penetraría hasta la médula en el proceso renovador de una España desnuda sobre el desierto de sus ruinas. Y decimos hasta 1957, fecha en la que una tecnocracia, exenta de emociones y virtudes nacionales, anegó los manantiales ideológicos del nacional-sindicalismo en servicio de aún no sabemos que extraña eficacia. Tras dieciséis años al frente del Ministerio de Trabajo, con Girón desaparece de la política española el halo romanticista del nacional-sindicalismo pre-bélico y llevado a la práctica en los términos que pudo llevarse a cabo, con los medios a su alcance y pese a los impedimentos lógicos en un Movimiento que, a pesar de su parafernalia de Partido Único, nunca a lo largo de su existencia pudiéramos calificarlo como monocolor.
